Laberinto

¿Alguna vez sentiste el deseo de salir corriendo? 

Yo lo siento así, todos los días, cada instante, cada momento. Peco de ser repetitivo, plasmático, inconsistente, aunque me gustaría ser asintomático. Cada deseo es un fastidio, cada promesa una carga. 

No hay nada, ya no queda nada. 

No puedo darlo todo, a cambio de nada. Estimulando la consciencia solo para ver como de manera maniaca paseo por los lares del laberinto que yo mismo he construido. 

¿Quién será el que me ayude? No lo sé. ¿Qué será lo que me salve? Ya no queda nada. 

¿Quién soy?, ¿A dónde voy?, ¿De dónde vengo?, ¿Dónde estoy?, ¿Qué doy?, ¿Qué recibo?, ¿Qué hay?, ¿Qué será?, ¿Quiénes son?, ¿Quién vendrá?, ¿Cuál es el modo?, ¿Cuál es el motivo?, ¿Cuál es la certeza de que aún sigo vivo? 

¿O estoy muerto...? Cada vez que escribo lo hago como si yo no fuera el receptáculo de dichas palabras que fluyen, pero, estoy hablando conmigo mismo, y estoy hablando contigo. (AYUDA!) Es todo lo que pido.

 ¿Qué es lo que quiero realmente? Demasiadas preguntas, pocas respuestas. Luces parpadean, en el horizonte y ya no queda ni el menor atisbo de ellas, van y vienen sin cesar. Valiosas, preciosas, inexpugnable es la felicidad y de largo camino su vereda, que cada uno de nosotros tenemos que atravesar, si es que a caso queremos ser testigos de los vestigios que quedan, del destello que alguna vez fuimos...